Makala Marie Pendley había logrado salir de un entorno marcado por la violencia. La ciudadana estadunidense de 30 años dejó Indianápolis tras denunciar agresiones por parte de su pareja y luego de recuperar a sus siete hijos, quienes presuntamente habían sido sustraídos por el mismo hombre en agosto de 2025.
Sin embargo, aquello que parecía el inicio de una nueva etapa terminó de forma trágica: este lunes fue localizada sin vida en Zinacantán, Chiapas, mientras el paradero de los menores continúa siendo desconocido.
La historia de Makala no comenzó con el hallazgo de su cuerpo. Antes hubo denuncias, una huida, la recuperación de sus hijos en Yucatán y una nueva desaparición reportada desde febrero de este año. Organizaciones y autoridades estadounidenses difundieron fichas de búsqueda para intentar localizarlos, sin éxito hasta ahora.
La Fiscalía General del Estado informó que la mujer presentaba lesiones provocadas por un arma punzocortante y traumatismo craneoencefálico. El cuerpo fue encontrado en la entrada de Zinacantán, en la región Altos de Chiapas.
Más allá de la investigación sobre quién la asesinó, el caso coloca nuevamente en el centro una realidad documentada por especialistas en violencia de género: abandonar una relación violenta suele representar uno de los momentos de mayor riesgo para las mujeres y sus hijos.
Mientras las autoridades intentan reconstruir los últimos meses de la vida de Makala, permanece sin respuesta una pregunta urgente: dónde están sus siete hijos, desaparecidos desde hace más de tres meses.
La muerte de la joven ocurre en un contexto en el que Chiapas acumula decenas de asesinatos de mujeres investigados bajo protocolos de feminicidio, una violencia que continúa cobrando víctimas locales y también mujeres que, como Makala, llegaron al sur de México buscando refugio y protección.





