Las mujeres artesanas de Ocosingo participan en una actividad que preserva la identidad comunitaria, pero enfrentan informalidad, bajos ingresos, falta de seguridad social y dificultades para vender sus piezas a un precio que reconozca el tiempo invertido.
El panorama divulgado este 26 de octubre combina datos nacionales con el testimonio de Blanca Arely, artesana del municipio chiapaneco. Las cifras de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo correspondientes al cuarto trimestre de 2025 muestran que 96.6 por ciento de las mujeres ocupadas en la artesanía textil trabaja en la informalidad, frente a 83.6 por ciento de los hombres.
La informalidad alcanza a casi todas las artesanas
La ausencia de una relación laboral formal limita el acceso a prestaciones y deja a las productoras expuestas a ingresos variables. El informe “Tejiendo el cambio: por un trabajo justo para las trabajadoras de la artesanía textil en México”, elaborado por UNIDAS: Red de Mujeres por el Trabajo Justo, señala que únicamente 2.4 por ciento de las artesanas textiles cuenta con seguridad social.
Esta situación adquiere un significado concreto en municipios como Ocosingo, donde la producción artesanal no solo genera recursos para los hogares. También sostiene técnicas, símbolos y conocimientos transmitidos entre generaciones. El valor cultural de las prendas contrasta con la falta de protección laboral de quienes las elaboran, una diferencia que impide que el reconocimiento público se traduzca automáticamente en mejores condiciones de vida.
La brecha de ingresos duplica la desigualdad
Las mujeres artesanas perciben alrededor de 3 mil 700 pesos mensuales, mientras que los hombres alcanzan cerca de 7 mil 400 pesos. La diferencia equivale al doble y no incorpora únicamente el precio de la pieza terminada. En cada trabajo intervienen la compra de materiales, el traslado, la búsqueda de espacios de venta y las horas dedicadas a bordar o tejer.
Una blusa bordada puede requerir entre ocho y diez días de trabajo; un traje de gala, hasta 35 días. Cuando el precio final no recupera esos costos, el ingreso real se reduce aún más. Blanca Arely explicó que las prendas expresan la historia, las tradiciones y la identidad de su comunidad, pero la falta de alternativas comerciales obliga con frecuencia a aceptar pagos bajos. La dependencia de intermediarios debilita la capacidad de negociar y separa a las productoras del precio que paga el consumidor final.
El trabajo artesanal rebasa la idea de actividad complementaria
Considerar la artesanía como una ocupación secundaria invisibiliza su dimensión económica. Brandon Fisher, integrante del Proyecto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, advirtió que esa percepción puede ocultar relaciones de subordinación e incluso esquemas de contratación sin reconocimiento formal de derechos. La actividad exige especialización, jornadas prolongadas y un conocimiento técnico que no puede separarse de su aporte al patrimonio.
En Ocosingo, la discusión también toca la protección de diseños y saberes comunitarios. El despojo cultural ocurre cuando motivos, técnicas o identidades colectivas son utilizados fuera de su origen sin participación ni beneficio para sus creadoras. Reconocer la autoría y asegurar una remuneración justa son partes del mismo problema, porque la preservación de una tradición depende de que las nuevas generaciones encuentren condiciones para continuarla.
Venta directa y seguridad social entre las propuestas
Las alternativas planteadas incluyen esquemas de seguridad social adaptados a ingresos variables, fortalecimiento de la venta directa, mecanismos de comercialización justa y mejores capacidades de inspección laboral. También se propone que las políticas públicas sean diseñadas con participación de las propias comunidades y que se refuercen las redes de cuidado y organización colectiva.
Para las artesanas de Ocosingo, estas medidas buscan intervenir en los puntos donde se pierde valor: intermediación, ausencia de cobertura social y falta de canales estables de venta. El dato publicado este lunes no describe una actividad marginal, sino un sector en el que casi todas las mujeres trabajan fuera de la formalidad y reciben, en promedio, la mitad del ingreso reportado para los hombres.
Fuentes: Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, UNIDAS: Red de Mujeres por el Trabajo Justo, Proyecto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.









