La arquitectura que durante décadas contuvo la expansión de los arsenales nucleares atraviesa una etapa crítica: más de 12 mil ojivas permanecían almacenadas en el mundo al comenzar 2026, mientras la modernización militar, la inteligencia artificial y el vencimiento del último gran acuerdo entre Estados Unidos y Rusia elevan el riesgo de una nueva competencia armamentista.
La cifra está lejos del máximo de unas 70 mil armas registrado en 1986, pero la tendencia dejó de ser descendente. Los cálculos presentados ante la Asamblea General de las Naciones Unidas indican que entre 2 mil 100 y 2 mil 200 ojivas se mantienen en estado de alerta elevada, preparadas para una posible utilización en plazos muy breves. Ese nivel de disposición reduce el margen para corregir errores de cálculo o interpretar señales ambiguas durante una crisis.
El llamado internacional ocurre en el marco del Día para la Eliminación Total de las Armas Nucleares, conmemorado cada 26 de septiembre desde 2014. La fecha recupera una preocupación presente desde la primera resolución de la Asamblea General, aprobada en 1946, que colocó la energía atómica y la eliminación de las armas de destrucción masiva entre los asuntos centrales de la naciente organización.
El fin de los límites estratégicos
El tratado New START expiró el 5 de febrero de 2026 y dejó por primera vez desde 1972 a las dos mayores potencias nucleares sin límites jurídicamente vinculantes sobre sus arsenales estratégicos. El acuerdo había fijado un máximo de mil 550 ojivas estratégicas desplegadas para cada país, además de restricciones aplicables a los sistemas de lanzamiento.
La ausencia de un marco sucesor no implica un aumento automático de armas, pero sí elimina mecanismos de previsibilidad que durante años permitieron conocer capacidades, establecer techos y reducir la posibilidad de decisiones basadas en sospechas. El secretario general António Guterres pidió a Washington y Moscú negociar un reemplazo verificable, al considerar que su responsabilidad es decisiva por concentrar la mayor parte del inventario mundial.
Nueve países y una modernización acelerada
El mapa nuclear incluye a China, Corea del Norte, Estados Unidos, Francia, India, Pakistán, Reino Unido y Rusia, además de Israel, que mantiene una política de ambigüedad y no reconoce formalmente la posesión de ese armamento. Los programas de esos Estados incorporan vectores más rápidos, sistemas de mando digitalizados y nuevas plataformas de lanzamiento.
Las ojivas nuevas están entrando a los inventarios con mayor rapidez que el desmantelamiento de las antiguas. A ello se suma la integración de inteligencia artificial y capacidades cibernéticas en estructuras militares sensibles. Esas tecnologías pueden acelerar el análisis y la respuesta, pero también multiplican la incertidumbre si una alerta falsa, una intrusión o una recomendación automatizada es interpretada como señal de ataque.
La diplomacia pierde terreno
El deterioro no se limita a la relación bilateral entre las principales potencias. La conferencia de revisión del Tratado sobre la No Proliferación no consiguió adoptar un documento de consenso, y la Comisión de Desarme de las Naciones Unidas cerró un ciclo de tres años sin recomendaciones acordadas. Esa parálisis reduce los espacios donde los Estados pueden establecer obligaciones comunes y medidas de confianza.
La responsable de desarme de la ONU, Izumi Nakamitsu, planteó una agenda basada en reactivar el diálogo, fortalecer las salvaguardias y la arquitectura multilateral, avanzar hacia reducciones verificables y movilizar a gobiernos, parlamentos y sociedad civil. El objetivo inmediato es evitar que la falta de acuerdos se convierta en una carrera sin controles; el de largo plazo, mantener la eliminación total como compromiso político y jurídico.
Verificación y transparencia como salida
La reducción del peligro exige medidas que puedan comprobarse. Entre ellas figuran restaurar inspecciones, intercambiar información sobre arsenales, disminuir el papel de las armas nucleares en las doctrinas de seguridad y ampliar las conversaciones a todos los Estados poseedores. La transparencia puede dar tiempo a la diplomacia y limitar respuestas precipitadas frente a movimientos militares.
El reto es reconstruir reglas antes de que el aumento previsto de los arsenales consolide una nueva normalidad. Sin límites, comunicación y verificación, cualquier crisis regional puede adquirir una dimensión global, especialmente cuando miles de armas continúan listas para ser empleadas. La conmemoración de septiembre funciona así como una advertencia: la disminución lograda desde la Guerra Fría no es irreversible y depende de decisiones concretas que todavía deben tomarse.
Fuentes: Noticias ONU, IPS-Inter Press Service






