PERSPECTIVAS 25.07.16


Por Norberto DE AQUINO

La descomposición política en Chiapas es ya algo más que evidente. Y se pueden programas mesas de diálogo y negociación y se pueden buscar razones para explicar la violencia. Pero la verdad es una y evidente: la incapacidad del gobernador Manuel Velasco.
Y el problema es mucho más serio de lo que se quiere reconocer. El conflicto político que vive el país se encuentra en buena medida, en los gobiernos estatales. Y entonces, lo que se tiene que buscar es la pauta común en todos los casos.
Rodrigo Medina en Nuevo León. Roberto Borge en Quintana Roo. Ángel Heladio Aguirre en Guerrero. Javier Duarte en Veracruz. Tienen en común el respaldo que recibieron de parte de Enrique Peña Nieto, ya como gobernador del Estado de México, ya como presidente de la República. Y este es el caso de Manuel Velasco.
Como el gobernador de Chiapas no es priista habrá que ligar más su caso al de Aguirre en Guerrero, con las obvias diferencias del caso, sin decir con ello que todos los demás no se ubican dentro de este modelo de conducta política. 
Ángel Aguirre estaba en la bancada priista en el Senado de la República. Desde ahí buscaba ser el candidato del PRI al gobierno de Guerrero. Fue considerado desde el inicio de su función como senador, como el “más peñista” de todos en el grupo que entonces comandaba Manlio Fabio Beltrones.
Al llegar la lucha por la candidatura en Guerrero, Aguirre se lanzó por la nominación. Tenía el respaldo del grupo del Estado de México que no quería que a través de Manuel Añorve, Beltrones conquistara un gobierno como el de Guerrero que podría servir de mucho, en la lucha por la nominación a la Presidencia de la República.
Perdida la nominación por el PRI y siempre con el apoyo del Estado de México, Aguirre se lanzó como candidato por el PRD. Y la elección la perdió el priismo, pero la ganó el peñismo.
Este caso se compara con el de Manuel Velasco. Y el ritual de la postulación también.
Ya como candidato, Enrique Peña Nieto demandó a quienes desde el PRI buscaban la candidatura al gobierno de Chiapas, que respaldaran la nominación de su “gran amigo” Manuel Velasco, militante del PVM. Esto provocó fracturas en el priismo, pero consolidó la alianza PRI-Verde que aún se mantiene.
Velasco le apostó a la demagogia. Su primer movimiento fue reducir en un 50% su salario. Pero mostró su inmadurez e incapacidad al no prestar atención a los muchos y complejos problemas sociales de la entidad.
Dejó correr el problema de la deuda y se sumó de buen grado a la política de fuerza aplicada en contra del magisterio.
Y Chiapas se colocó al lado de Oaxaca con los maestros en pie de guerra y con los conflictos religiosos y de pobreza a flor de piel.
Ahora, la violencia ha estallado. Alcaldes y síndicos asesinados. Y el gobernador con llamados a la mesa de diálogo.
En Chiapas, como en Nuevo León, Veracruz, Quintana Roo, Chihuahua y varios más, lo que falló fue la improvisación. Llegaron al poder gobernadores sin experiencia y llenos de soberbia por el apoyo que tenían desde el gobierno federal.
Ahora, las consecuencias están a la vista. El “mal humor social” crece y deja sentir su peso en las urnas. O en las calles con manifestaciones de rechazo a las reformas estructurales.
Y al mismo tiempo, la violencia ancestral se desata como en Chiapas.
El ser “amigo” no se traduce en capacidad. Chiapas tiene en el gobierno a un “gran amigo”. Un cuadro político que fue impuesto a los priistas y sobre los priistas. Y las consecuencias están a la vista.
Manuel Camacho aparece, con costos económicos enormes en las revistas llamadas del “corazón”. Su boda con una artista provoca comentarios en las reuniones especialmente entre señoras.
Pero los chiapanecos se mantienen en la pobreza, en la ignorancia y en la violencia.
Temas que para el gobernador Velasco no existen, gracias a su amistad con el poder federal.

 


Autor: Norberto de Aquino

Especialista en política nacional con amplia experiencia profesional en áreas de publicación y asesorías a nivel presidencial. Vasto conocimiento de relacio...





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