Machismo y discriminación contra la mujer en México: una práctica que no discrimina por edad o condición social, sí por cuestiones de género.


En México se propagan distintas formas de discriminación social, dentro de las cuales, las más comunes son por condición juvenil, estatus socioeconómico, orientación o preferencia sexual, discapacidad, edad, religión y género[1]. Ésta última ­ —una de las más graves y sistematizadas — es la razón de ser de esta publicación dentro del marco del día internacional de la mujer y como parte de mi lucha social por los derechos de los niños, pero también a favor de las poblaciones en condiciones de vulnerabilidad en México; siendo uno de éstos: nosotras, las mujeres. La violencia de género y el machismo se promueven desde la niñez.

Frente a una realidad nacional y regional caracterizada por la desigualdad, la inequidad en el reparto de la riqueza, la pobreza, la corrupción, la marginación, el rezago macroeconomico, el poco acceso a la educación y la diversidad étnica y cultural, el fenómeno de la discriminación en nuestro país se agudiza y profundiza en medio de un contexto sociopolítico en el cual es cuestionable el respeto y el apego a las legislaciones locales e internacionales en materia de derechos humanos. Si bien frente a este abanico de actos de discriminación, la misoginia es uno de los más lacerantes del tejido social, en tanto la mujer es figura nuclear del seno familiar que se extiende a la composición de las comunidades que forman nuestra sociedad. En este sentido, la discriminación a la mujer es un factor contemporáneo con rutas ancladas en la historia del nacimiento de lo que hoy es México.

Célebres como Octavio Paz y Carlos Fuentes coinciden en que la exacerbación de lo que hoy es el machismo en México se dio tras la catarsis del choque de civilizaciones entre Europa y las culturas prehispánicas y, posteriormente, en el período de conquista de los territorios americanos y la sumisión de sus culturas locales[2]. El machismo en México hereda, pues, los rasgos de machismo de la cultura española muy influenciada también por la cultura árabe, en el que destacaba la superioridad del hombre en las esferas social, político, económica, familiar, etc. Así bien, la redefinición de la estructura familiar en la conquista y el modelo de familia que emanó de ésta es el mismo que se ha venido arrastrando con el paso del tiempo y adaptando, sin dejar de lado el elemento central del mismo: la figura del hombre (heterosexual) como el patriarca en el que recaen las responsabilidades de aportar insumos y tomar las decisiones —el «heteropatriarcado»—.

Nuestra Carta Magna establece, en su artículo primero, que: «Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.[3]»  Y, asimismo, en su artículo cuarto, establece que: «El varón y la mujer son iguales ante la ley. Ésta protegerá la organización y el desarrollo de la familia.[4]» De igual forma, el Código Civil Federal, en su artículo segundo menciona que: «La capacidad jurídica es igual para el hombre y la mujer; en consecuencia, la mujer no queda sometida, por razón de su sexo, a restricción alguna en la adquisición y ejercicio de sus derechos civiles[5].»

No es un asunto, pues, de un marco jurídico inexistente o incompleto; el derecho positivo se lee y comprende ad hoc a los estándares internacionales de apego y protección en materia de derechos humanos y no discriminación; sin embargo, en la práctica, la realidad de las mujeres en México es distinta. Lo anterior, en gran medida se debe a que muchas de estas prácticas son toleradas o consideradas como «socialmente aceptables» (tanto por hombres como mujeres), por una cuestión meramente de educación o crianza. Machos nos han hecho —incluso nuestras madres— sin que así lo crean, conceptualicen o reconozcan. Es, aparentemente, un elemento inherente y permeable en nuestra estructura social. ¿La justificación? La apología de tradiciones arraigadas en lo propio de la cultura histórico-social de nuestro país, éste, el «México macho», el «México bronco» y su historia negra de valientes proveedores, sementales y autómatas no maricones.

Esto es así porque, según se ha venido justificando históricamente, el hombre nació para trabajar dada su complexión física natural, siendo éste idóneamente apto para el trabajo duro gracias a la fuerza de su sexo; lo que restaría por delegar las tareas domésticas —que no necesariamente son malas per se— a las mujeres, encargadas de ser la incubación de la descendencia del hombre y la crianza del producto de su fertilidad bajo los mismos valores en los que éste fue criado. Son, precisamente, estas formas de discriminación (increíblemente aún existentes) las que pueden aportar una prospectiva de cómo continuará nuestra sociedad de no empezar acciones verdaderamente encaminadas a cambiar nuestro actual statu quo.  Si bien son varios los movimientos sociales[6] los que buscan darle un lugar visible y equitativo a la mujer en la sociedad, aún falta mucho por hacer en materia de educación, políticas públicas y prácticas de inclusión encaminadas a la no discriminación.

Es cierto, hombres y mujeres no somos iguales. Sexobiológicamente no lo somos, pero tampoco lo somos social o políticamente. La idea de la equidad de género es que, frente a la diferencia sexo-genérica entre hombres y mujeres, podamos convivir en sociedad no tolerándonos, sino respetándonos; reconcomiéndonos y aceptándonos en igualdad de condiciones, capacidades y oportunidades. Un claro ejemplo es el plano político, en el que se tienen que buscar implementar políticas que garanticen una verdadera equidad en la participación de la mujer en los asuntos de la esfera pública[7]; o bien, el techo de cristal[8] visible en el sector público y privado en México, así como la desigualdad en cuanto a salarios y percepciones por sexo, o las condiciones laborales difíciles para mujeres en estado de gravidez.

¿Cuántas veces las mujeres han sido contratadas por un criterio tan burdo como el de su (buen) físico? O al revés, ¿cuántas veces no han sido contratadas por «no cumplir las expectativas del jefe». ¿Cuántas mujeres no hay en este país, preocupadas por perder su trabajo por el simple hecho de querer formar una familia? Mujeres que han sido ultrajadas en el trabajo a cambio de un puesto, muchas otras que han tenido que soportar momentos desagradables, por el simple hecho, ya no de «quedar bien con el jefe», sino en aras de ¡preservar su trabajo! Así, bien, tenemos, desde los ojos de jefes y jefas promotores de prácticas machistas, más que profesionistas, a muchas «muñequitas de aparador» para el agrado visual de la oficina o, más que para opinar, analizar y ejecutar, para sonreír y acatar. Estas situaciones pasan en todo tipo de empresas privadas, y, a su vez, en el sector público no estamos exentas. Esta inequidad, desigualdad, e injusticia con la que vivimos podría, de un momento a otro, parecer «normal»; la mujer se acostumbra a (o mejor dicho, tolera el) vivir con ello con tal de que le vaya bien o se mantenga.

Otro aspecto visible es la idea conceptual que tenemos sobre la mujer y el «deber ser» que se ha construido a su alrededor dentro del imaginario social de los(as) mexicanos(as). Los hombres hablando de las mujeres como si fuéramos un trofeo; hombres y mujeres juzgando o estereotipando a la mujer por sus actos, por su forma de vestir o por su forma de hablar…

Este año he planteado en diversos círculos y ámbitos mi inquietud por convertirme en madre. La respuesta casi típica que encuentro frente a este deseo es la clásica: «¿Ya te vas a embarazar? Pero, ¿y el trabajo?... » Me resulta increíble que en la actualidad la maternidad la veamos como un obstáculo para el desarrollo profesional. Es respetable si como mujeres decidimos dedicarnos a nuestro hogar — que, de hecho, por lo general, es un trabajo no remunerado y de tiempo completo, y no muchas veces valorado—, pero también es muy válido que decidamos desarrollarnos y crecer profesionalmente. ¿Debería esto ser cuestionado? ¿Cuál es el motivo del escándalo? ¿Qué pasa con todas aquellas mujeres que decidimos tener una vida profesional activa? Desde esa trinchera (igualmente válida) también queremos encontrar valor y ser reconocidas. No pedimos, exigimos que nos tomen en cuenta en puestos que aún, hoy, son exclusivamente para los hombres.

Esto que aquí relato no es algo que solamente se ve en la tele o que se escucha por ahí. Personal y lamentablemente, he sido víctima de varias situaciones de las que aquí menciono y que no pienso soslayar; por el contrario, comenzaré a denunciar desde aquí y desde las plataformas que me abran un espacio para ser voz de los y las que no la tienen. Por alguna razón —quizá sólo el ser mujer y yo misma—, me han intentado humillar en distintas ocasiones; por poner un ejemplo, un reconocido académico de este país[9] decidió utilizarme de ejemplo en uno de sus libros y en entrevistas en medios, a partir de estereotipos sexistas y con alto contenido machista; ahí, declara que ponerte una falda es sinónimo de ser una cabaretera o una ‘lobuki’. Este episodio me recordó a mi infancia cuando entre padres o funcionarios se decía que las mujeres eran las culpables de que fueran violadas porque se vestían “provocativas”. Esto no habla más que de nuestra realidad nacional en el pensamiento de las y los mexicanos, misma que urgentemente debe ser cambiada.

Es muy triste (y patético) que aún, hoy, en el México del s.xxi, continuemos perpetrando una violencia contra la mujer que busca la imposición de valores conservadores en aras de una imagen de ‘decencia’. Es increíble que en lugar de buscar proteger a la mujer de su propia realidad nacional[10], se le dicta cómo debe vestir, hablar y actuar, denigrando su integridad en caso contrario al romper con esas normas o convencionalismos sociales. ¡Mujeres!, no por tener menor fuerza física somos el «sexo débil» como se nos ha hecho creer; tenemos mismos derechos, las mismas capacidades, inteligencia y merecemos las mismas oportunidades, así como la libertad de decidir cómo vestir, qué o no tapar, qué o no enseñar y a quiénes o no deseamos gustar.

A los padres y madres lectores de esta aportación, me gustaría invitarlos a reflexionar sobre las prácticas inconscientes que fomentan actitudes y valores machistas en los hijos desde pequeños, mismos que se reproducen continuamente de jóvenes y en la adultez. La familia es la célula primaria de toda sociedad y los patrones de ésta se reflejan en la forma en la que tanto hombres como mujeres aprenden a actuar y a pensar en sociedad, pues, para ellos(as) es algo natural o «normal». Así bien, es responsabilidad de nosotros, los adultos, fomentar nuevas prácticas de inclusión y equidad que rechacen todo acto de discriminación por cualquier motivo contrario a la dignidad humana; dejando atrás la apología de las «costumbres» y «tradiciones» que incentivan y marcan diferencias por sexo; y buscando mejores familias y comunidades que estén a favor de la inclusión, el respeto, la igualdad en el trato y el respeto a toda persona.

El machismo prolongado es un fenómeno que no podemos permitir siga evolucionando y en aumento. Estas actitudes o formas de pensar arcaicas deben evolucionar al mismo grado que la ciencia y la coexistencia frente al pluralismo social; de lo contrario, estaremos condenados a retrotraer los valores de igualdad y libertad por los que nuestras sociedades contemporáneas apuestan amén de espacios más incluyentes, equitativos, abiertos, enriquecidos y participativos. Sin duda, veré un México mejor cuando hombres y mujeres se vean por igual. Este país será aún más grande cuando sus niños, familias y comunidades otorguen derechos y oportunidades por igual y en reciprocidad, buscando realmente la vivencia de una convivencia plena y más sana para todos y todas. México será un país equitativo cuando no se tenga más que conmemorar un día de la mujer en pos de lucha, sino de celebración como parte de un complemento de la diversidad social. Hombres y mujeres, ¡somos el cambio que buscamos!

 
 

[1] González, M. (2014). La discriminación social en México. Un estudio comparativo con base en la clase social, el sexo y la región del país. México: Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey e Imagia Comunicación.

[2] Paz, O. (2010). El laberinto de la soledad. Postdata; Vuelta al laberinto de la soledad. D.F. México: Fondo de Cultura Económica.

[3] Artículo 1° - Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, (s.f.). Consultado el 15 de marzo de 2015, en: http://info4.juridicas.unam.mx/ijure/fed/9/2.htm?s

[4] Ibid., Artículo 4°. Consultado el 15 de marzo de 2015, en:

  http://info4.juridicas.unam.mx/ijure/fed/9/5.htm?s=

[5] Artículo 2° - CódigoCivil  Federal, (s.f.). Consultado el 15 de marzo de 2015, en: http://goo.gl/FGihRc

[6] No restrictivas únicamente a los diversos movimientos feministas en el país y el mundo.

[7] No por esto expreso una postura a favor o en contra de éstas, en tanto ejemplo.

[8] Concepto referente a una limitante no palpable o visible, pero real y funcional (abstracta), con el fin de limitar el ascenso de la mujer a posiciones directivas altas o clave en algún sector laboral o de desarrollo profesional.

[9] Por el momento, no revelaré la identidad de esta persona, hasta que, formalmente, entregue un escrito con mi defensa y crítica hacia sus comentarios orientados a una violencia de género contra mi persona y, en general, el sexo femenino. 

[10] E.g.: feminicidios, acoso laboral, sexual, violaciones, violencia física, mental económica, etc.


Autor: Alessandra Rojo de la Vega

Comunicóloga especializada en comunicación social y política, relaciones públicas y estrategia digital. Es una activista comprometida con mi país y su soci...






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