La "cultura de la violación": de Stanford a Brasil y México


Karla María Gutiérrez

Tiempo y Forma.- "...Tú eres la causa, yo el efecto. Me has arrastrado a este infierno contigo, sumergido en aquella noche una y otra y otra vez... Mi daño fue interno, invisible, lo cargo conmigo. Te llevaste mi valor, mi privacidad, mi energía, mi tiempo, mi seguridad, mi intimidad, mi confianza, mi propia voz... Me hiciste una víctima... Por un tiempo, creí que solo era eso. Tuve que forzarme a re aprender mi nombre real, mi identidad. A re aprender que eso no es todo lo que soy. Que no soy solo una víctima... Soy un ser humano que ha sido lastimado irreversiblemente... No puedo dormir sola de noche sin encender una luz, como si tuviera cinco años, porque tengo pesadillas sobre ser tocada donde no puedo despertar... Solía enorgullecerme de mi independencia, ahora estoy asustada de salir a caminar... Nunca debiste hacerme esto". Son fragmentos de lo que una mujer víctima de violación escribió para su agresor. 

El 17 de enero del 2015, en la Universidad de Stanford en Estados Unidos, dos estudiantes que iban en bicicleta por el campus se dieron cuenta de que un joven, -exalumno identificado como Brock Turner Allen de 20 años y calificado como "una promesa de la natación"-, estaba detrás de un basurero sobre el cuerpo semidesnudo de una joven de 23 años. 

Tras la agresión, la joven tuvo que ser ingresada en un hospital por las múltiples lesiones en su vagina y ano, además de las heridas y traumas en su cuerpo. No sabía qué le pasó. No recordaba nada. Se enteró de su violación gracias a la información que difundieron los medios de comunicación al respecto.

Dos meses después, un jurado de California encontró a Allen culpable de tres cargos de asalto sexual por lo que podría haber sido sentenciado hasta a 14 años de cárcel, pero en una sorpresiva condena de un juez, el joven purgará sólo seis meses en la prisión y luego tendrá acceso la libertad condicional. 

El polémico juicio se desarrolló entre las acusaciones de la víctima, que sostiene haber sido violada cuando estaba alcoholizada e inconsciente luego de asistir con su hermana menor a una fiesta de una fraternidad en el campus universitario, y el débil testimonio del implicado quien aseveró que nunca la atacó sexualmente y que el violento encuentro entre ambos fue consensuado. 

Tras el veredicto, un medio de comunicación estadounidense, BuzzFeed News, tuvo acceso a la declaración impresa de la víctima, la cual ha sido difundida a través de varios medios. En ésta es evidente la indignación y la impotencia de la joven que narra su vida a partir de lo sucedido y cuyo nombre no es aún de dominio público. 

Este caso pone nuevamente el dedo en la llaga respecto a un problema latente en los campus universitarios de Estados Unidos, en los que las violaciones perpetradas de estudiantes a otros estudiantes, son un tema recurrente, pero que las administraciones de las instituciones educativas han tratado de minimizar hasta el punto de caer en el encubrimiento, junto a una actitud omisa y poco contundente por parte de las autoridades competentes. 

De acuerdo a un estudio de la Asociación Americana de Universidades (AAU por sus siglas en inglés) en el que participaron unos 150 mil jóvenes estudiantes de Estados Unidos, una de cada cinco jóvenes universitarias ha sido víctima de agresiones sexuales, es decir, el 20% de las estudiantes mujeres. El resultado también arrojó que al menos un 5% de los estudiantes hombres han sido víctimas de este tipo de violencia en universidades . 

En casos como éste, los clichés sobre la violación y sus víctimas llegan a su máxima expresión: "Ella lo provocó", "es una chica fiestera", "fue consensuado", "ella se embriagó y ahora dice que la violaron", "si fuera decente no tomaría, ni estaría en fiestas", "le gusta el sexo", "suele acostarse con muchos hombres", "eso le pasa por vestirse así", entre muchas otras sentencias que suelen condenar a la víctima del ataque sexual hasta el punto de responsabilizarla del mismo. 

Esta postura respecto a un crimen de esa naturaleza no es exclusiva de sociedades en países como Estados Unidos. Hace un par de semanas nos enteramos a través de redes sociales sobre una violación tumultuaria en Río de Janeiro, Brasil por parte de un grupo de al menos 33 hombres armados contra una adolescente de 16 años. 

La víctima no puede ni siquiera afirmar el número exacto de atacantes pues durante el acto estuvo casi inconsciente debido al efecto de alguna droga que le suministraron, pero se sabe que fue violada en repetidas ocasiones, incluso por dos hombres al mismo tiempo. 

La revictimización de la joven brasileña llegó al punto de que el asalto sexual fue grabado por unos de los violadores de 22 años de edad y luego difundido en internet. Algunos de los agresores incluso se fotografiaron con la víctima a quien el ataque le provocó múltiples lesiones y hemorragia en sus genitales.  

El hecho ha causado una serie de protestas en Brasil y ha evidenciado a nivel internacional el serio problema que representa la violación sexual en contra de las mujeres en ese país. Según el Foro Brasileño de Seguridad Pública cada 11 minutos una mujer es violada en ese país, lo que significaría al menos 47 mil 781 víctimas de violación por año en ese país.

Lo increíble del asunto es los implicados han negado su participación en la violación alegando que se trató de una orgía con el consentimiento de la joven. En un principio la policía declaró que solicitarían el castigo a los agresores sólo en caso de comprobarse el delito y de "ser necesario". 

En México no estamos lejos de esta realidad. El estudio titulado "Las otras víctimas invisibles" realizado por la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) arrojó que entre 2010 y 2015 se han registrado en el país casi 3 millones de casos de violencia sexual, es decir un promedio de 600 mil casos cada año (mil 345 casos por día). Se estima que el 90% de las víctimas de entre 16 y 45 años son mujeres y el 10% son hombres.

Cabe destacar que existe una pobre cultura de la denuncia en el país, razón que impide tener una aproximación más certera sobre las cifras. Sin denuncia no se abre una averiguación previa, no se investiga el delito, no se castiga, no se repera el daño e impera la impunidad. Sin denuncia, las víctimas son invisibles.

Para muestra basta recordar el caso de "Los Porkys", jóvenes pertenecientes a acomodadas familias en Veracruz causó indignación colectiva. El padre de una víctima, identifica como "Daphne", señaló en redes sociales a los cuatro presuntos agresores de su hija. El hombre acusa a los jóvenes de participar en una violación grupal en contra de la menor de edad, quien fue obligada a subir a un auto de lujo afuera de un bar y luego habría sido atacada sexualmente por los cuatro en el domicilio de uno de ellos. 

Desde mayo del 2015 existe la denuncia correspondiente por el hecho ante las autoridades competentes, pero fue hasta el pasado mes de abril que se emitieron ordenes de aprehensión en contra de los presuntos responsables, esto en respuesta a la presión social ejercida por la opinión pública luego de que el padre de la joven publicara el caso en redes sociales con una grabación audiovisual en donde los juniors aceptaban su culpa y ofrecían disculpas a la víctima. 

Tras el hecho, Daphne ha sido atacada en redes sociales. Se le acusa a ella y a su padre de mentirosos, de tratar de dañar la reputación de los jóvenes y de querer extorsionar a sus familias. No está de más recordar que los implicados son hijos de acomodados empresarios y políticos de Veracruz. La sospecha de una cortina negra teñida por el tráfico de influencias en las altas esperas del poder veracruzano es innegable. 

Hasta el momento, sólo uno de los presuntos culpables, Enrique Capitaine, ha sido detenido en el pasado mes de mayo. Los otros implicados están prófugos de la justicia y sin que hasta el momento hayan respondido ante la ley sobre los delitos que se les imputan. 

Es obvio que además de los emblemáticos casos de violación de la Universidad de Stanford, de Río de Janeiro, y de " Los Porkys" en el continente americano existen muchos otros que evidencian la profunda y arraigada cultura de la violación, la cual está ligada a asuntos de género y desigualdad.

Los problemas de abuso y ejercicio del poder de una persona sobre otra son inherentes a la historia de la humanidad. De acuerdo a la filosofía de Thomas Hobbes "el hombre es el lobo del hombre", afirmación que, si bien, para muchos pesimista, nos permitiría ubicar ese instinto depredador y agresivo entre la especie, no justifica en nada los delitos ni ofrecen una reparación del daño a las víctimas.

Los delitos relacionados al abuso sexual en contra de las mujeres no constituyen hechos criminales aislados ni extraordinarios, sino que son parte de una llamada "cultura de la violación", término acuñado por antropólogos que describe una cultura en la cual la violación sexual es un problema social y cultural, mismo que es aceptado y normalizado debido a actitudes sociales adoptadas sobre el género, el sexo y la sexualidad.

La violación vista de ese modo se vuelve parte de los problemas estructurales de las sociedades y deben ser atendidos desde raíz. Si bien las conductas de los seres humanos pueden obedecer a diversos aspectos relacionados a la cultura, educación, valores y a la sociedad misma, no hay que perder de vista que existen leyes diseñadas para garantizar la convivencia entre las personas y que deben ser aplicadas..  

Las consecuencias físicas y emocionales en las víctimas de una violación van desde lesiones físicas, embarazos no deseados, enfermedades e infecciones adquiridas, hasta reacciones ansioso-depresivas, fracaso escolar, frustración en la vida, dificultades de socialización, comportamientos sexuales agresivos, estigmatización social  y sentimientos de culpa de por vida.

El hecho de que una persona sea atacada sexualmente constituye un delito per se. Más allá de trata de encontrar motivos o justificar la conducta del atacante y de la propia víctima, es necesario aplicar los instrumentos legales al alcance para castigar el delito y reparar el daño -si es que esto último fuera posible-. Se trata de restituir derechos.

Actuar para prevenir ataques sexuales en contra de las mujeres, no permitir la impunidad y la revictimización no es un tema "gastado" que ocupa sólo a las feministas. La salud, física y emocional, es un derecho humano. 

El abuso sexual sí es un tema de género. Sensibilizarse al respecto, solidarizarse, educar y actuar para el cambio social es urgente para evitar que el hecho de ser mujer signifique también ser una víctima potencial de agresión sexual. Tenemos mucho camino por delante. 

 

 

Comentarios en Twitter en @karlamariaopina

 

Autor: Karla María Gutiérrez

Directora Editorial de Tiempo y Forma. Periodista mexicana, productora, locutora y conductora de radio y televisión con 10 años de experiencia. Lectora emped...






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