CIII Aniversario de la Marcha de la Lealtad, 9 de Febrero de 2016


Nuestra gratitud y reconocimiento al General de División DEM, Secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos y al General Brigadier DEM Marco Antonio Alvarez, director general de Comunicación Social de la SEDENA por las instrucciones giradas al personal comisionado que nos atendió y apoyó para hacer la cobertura de este trascendental y emblemático evento en el que las fuerzas armadas testimonian su invariable lealtad a quien constitucionalmente sea Presidente de la República y quien por su investidura es el Jefe Supremo de todas las instituciones nacionales.

Esta lealtad quedó marcada para siempre en los anales de la historia patria desde el 9 de Febrero de 1913 cuando los valientes y patriotas cadetes del Heroico Colegio Militar se la brindaron al entonces Presidente Francisco I. Madero, quien les pidió lo escoltaran del Castillo de Chapultepec, donde residía y donde a la vez se encontraba el Colegio Militar, hacia Palacio Nacional que había sido tomado por “militares alzados” en lo que se calificó como cuartelazo.

Así principió la llamada Decena Trágica, para luego darse la traición de Victoriano Huerta quien tras apresar al Presidente Madero que había confiado en él, y al Vicepresidente Pino Suárez, los obligó a renunciar el 18 de Febrero para terminar con ellos ordenando su muerte cuatro días después, el 22, a espaldas del Palacio Negro de Lecumberri, con lo que pudo, por medio del terror y muerte, encaramarse él en la silla presidencial.

Este terrible pasaje de la historia de México, es uno de los tantos que los mexicanos debemos conocer para respetar más a nuestros militares y marinos, protectores y defensores no solo de las instituciones gubernamentales, sino que debemos decirlo, por sobre todo, son protectores y defensores del pueblo, tal como a todos nos consta en éstos aciagos tiempos de inseguridad y de violencia.

Quiero dejar constancia, que el General Secretario, Salvador Cienfuegos, en el conceptuoso discurso que pronunció ante el Presidente Peña Nieto en el Castillo de Chapultepec en esta conmemoración de la Marcha de la Lealtad, deja muy claro que ya se procede y se procederá con toda energía, aplicando todo el rigor de la ley, a cualquier militar no importa quién sea ni el rango que tenga, que violente los Derechos Humanos de cualquier mexicano, porque los militares están para ayudar, proteger y defender, no para dañar, lesionar ni atacar al pueblo y a las instituciones nacionales.

Creo que la presencia de los militares debe mantenerse hasta en tanto se apruebe el nuevo Sistema Nacional Anticorrupción con la creación del Mando Unico o Policías Unicas, porque de no ser así, aunque la Policía Federal y la Gendarmería se esfuerzan, evidentemente no tienen ni los elementos, ni el poder ni capacidad para contener ni menos eliminar a las hordas de sicarios que son el azote de la sociedad civil en muchas ciudades del país.

Estoy convencido de que si el Ejército y la Marina no estuviera protegiéndonos, la delincuencia organizada ya hubiese convertido a México en un Estado Mafioso.

Origen de la Marcha

de la Lealtad: Sedena

La lealtad es el cumplimiento de aquello que exigen las leyes de la fidelidad y el honor. Es una virtud que se desarrolla en la conciencia y que implica cumplir con un compromiso aun frente a circunstancias adversas.

Se conoce como “Marcha de la Lealtad”, al episodio ocurrido el 9 de febrero de 1913, cuando los Cadetes del Colegio Militar acompañaron al Presidente Francisco I. Madero en Columna de Honor, durante su trayecto con rumbo a Palacio Nacional, el cual había sido tomado en medio de un cuartelazo iniciado en la madrugada del mismo día.

Antecedentes

El 21 de mayo de 1911 se firmaron los Tratados de Ciudad Juárez, en el edificio de la Aduana Fronteriza, de dicha plaza.

Con base en el mencionado documento, el General Díaz presentó su renuncia a la Presidencia de la República ante el Congreso de la Unión el 25 de mayo de 1911, después de haber gobernado al país durante treinta años. Seis días después partió con su familia del Puerto de Veracruz en el vapor Ipiranga, con destino a Europa.

El licenciado Francisco León de la Barra, Secretario de Relaciones Exteriores, asumió el cargo de Presidente Interino, con la misión de convocar a elecciones generales, en las cuales Francisco I. Madero obtuvo mayoría de votos y el 6 de noviembre de 1911 protestó como Presidente Constitucional.

Sin embargo, la firma de los Tratados de Ciudad Juárez, aunado a la forma en que el Presidente Madero intentó conducir el país, provocó inconformidad por parte de algunos grupos que esperaban un cambio drástico y soluciones expeditas.

Asimismo, aquellos que lo apoyaron vieron con desconfianza el hecho de que Madero no licenció al Ejército Federal, dejándolo prácticamente intacto.

En consecuencia, se iniciaron nuevos levantamientos en contra de su gobierno: Emiliano Zapata se rebeló al proclamar el Plan de Ayala, firmado el 28 de noviembre de 1911; cuatro meses después, el 25 de marzo de 1912, Pascual Orozco proclamó el Plan de la Empacadora, desconociendo el Gobierno de Madero y el 16 de octubre de 1912, el General Félix Díaz, sobrino del General Porfirio Díaz, se levantó en armas; aunque ninguno de estos movimientos logró derrocar al presidente electo.

Estalla el cuartelazo

La madrugada del domingo 9 de febrero de 1913, se inició un levantamiento en contra del Presidente Constitucional Francisco I. Madero encabezado por el General Manuel Mondragón y el General Retirado Gregorio Ruiz, apoyados por parte de la Guarnición de la Plaza de México, integrada por alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes (Tlalpan, D.F.), así como fracciones del 2/o. y 5/o. Regimientos de Artillería, quienes partieron del Regimiento de Artillería (Tacubaya, D.F.), con rumbo a Palacio Nacional. Durante el trayecto se sumaron dos escuadrones del 1/er. Regimiento de Caballería, así como personal civil.

Los rebeldes se dividieron en dos columnas. Una integrada por los alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes del Arma de Infantería, quienes se trasladaron en tranvía eléctrico hasta la Plaza de la Constitución y tomaron Palacio Nacional prácticamente sin resistencia. Sin saber que dicho recinto había caído en manos de los sublevados, Gustavo A. Madero en compañía del Inspector General de Policía Mayor Emiliano López Figueroa, arribaron a Palacio donde fueron aprehendidos.

La otra columna encabezada por los Generales Mondragón, Cecilio Ocón y Gregorio Ruiz, apoyados el 2/o. Regimiento de Artillería; dos escuadrones del 1/er. Regimiento de Caballería; el escuadrón de la Escuela de Aspirantes y algunos civiles, se dirigió a la prisión militar de Santiago Tlatelolco, donde haciendo uso de la fuerza pusieron en libertad al General Retirado Bernardo Reyes, el cual quedó a la cabeza de la rebelión. Posteriormente, la turba se dirigió a la penitenciaria de la Ciudad de México donde liberaron al General Félix Díaz y se encaminaron a Palacio Nacional.

Mientras tanto, el General Lauro Villar, Comandante Militar de la Plaza de México, con algunos soldados leales del 24/o. Batallón logró recuperar Palacio Nacional, encerrando a los alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes en las cocheras de dicho recinto y liberando a los presos maderistas, entre ellos el hermano del Presidente.

A continuación el General Gregorio Ruiz acompañado por algunos militares como avanzada, arribó a Palacio Nacional para pedir la rendición del punto por órdenes del General Reyes, pero la respuesta del General Villar fue apresarlo.

Poco después, por la calle de Moneda arribó otro contingente encabezado por el General Reyes, el cual llegó hasta la puerta de Palacio Nacional pues los soldados apostados tenían la orden de no hacer fuego.

El General Reyes, confiado en la amistad que tenía con el General Villar se acercó a la puerta, y de inmediato la guarnición del Palacio comenzó la lucha en la cual decenas de militares y civiles, incluyendo mujeres y niños perdieron la vida, al igual que el General Reyes, mientras que el General Villar resultó herido.

Tras la refriega, el resto de los sublevados que se habían dispersado nuevamente se aglutinaron y marcharon con rumbo a la Ciudadela encabezados por los Generales Mondragón y Díaz.

La Marcha de la Lealtad

Al saber de los acontecimientos, la mañana del 9 de febrero de 1913 el Presidente Francisco I. Madero salió a caballo de su residencia en el Castillo de Chapultepec y se dirigió al Colegio Militar ubicado en el mismo recinto. De inmediato, el Teniente Coronel Víctor Hernández Covarrubias Subdirector del plantel, ordenó que los alumnos se prepararan para salir en uniforme de gala.

El presidente explicó a los cadetes la situación en que se encontraba la capital. Acto seguido les ordenó que lo escoltaran en Columna de Honor hasta Palacio Nacional, pero en lugar de esto los alumnos se alistaron para el combate portando sus armas y la

dotación reglamentaria de cartuchos de guerra. Aproximadamente 350 alumnos, entre 16 y 28 años de edad aproximadamente, partieron esa mañana de Chapultepec para acompañar al Presidente como una muestra incontestable de la lealtad del citado plantel en defensa de las instituciones.

La vanguardia estaba compuesta por un Escuadrón de la Gendarmería Montada que había sido llamada oportunamente; asimismo, habrían de incorporarse parte del Batallón de Seguridad del Distrito Federal y el General Ángel García Peña, Ministro de Guerra y Marina con algunos Oficiales. Además, todos los alumnos que habían salido francos desde el sábado por la noche, con excepción de tres de ellos, se fueron incorporando durante el avance.

Los Cadetes iniciaron la marcha por la rampa, en columna llevando de descubierta una sección de la 1/a. Compañía; en seguida el señor Presidente y su comitiva, formando el grueso de la columna y en igual formación, las compañías del Colegio Militar, hacia el centro de la ciudad por el Paseo de la Reforma.

Continuaron desfilando en dos hileras por cada lado de Paseo de la Reforma y Avenida Juárez hasta llegar al Jardín Guardiola, allí el Subdirector del Plantel dispuso que una compañía siguiera por la calle 5 de mayo, a las órdenes del Mayor Tomás Marín; otra por las de San Francisco y Plateros (hoy Avenida Madero), a las órdenes del Capitán 1/o. Federico G. Dávalos y el núcleo principal por la calle 16 de septiembre a las órdenes del propio Teniente Coronel Hernández Covarrubias.

Cuando la columna principal llegó al edificio de “Los Leones” fue atacada desde el edificio de la “Mutua” hoy Banco de México, sin lograr ninguna baja. Sin embargo, ante la amenaza, el General García Peña aconsejó al Presidente resguardarse en el edificio de la fotografía “Daguerre”, situado en Avenida Juárez, donde se estableció una guardia compuesta por un reducido grupo de cadetes.

En ese lugar se presentaron ante Madero el Ingeniero Manuel Bonilla, Ministro de Fomento; Ernesto Madero, Ministro de Hacienda y el General Victoriano Huerta quien ofreció sus servicios al Primer Mandatario.

Mientras tanto las columnas de cadetes siguieron su marcha hacia el Zócalo sobre sus ejes, llegando a su destino con pocos incidentes, y asegurando el área. Tras recibir el informe de que la situación había sido dominada totalmente, el Presidente volvió a montar su caballo y avanzó por San Francisco y por el costado norte de dicha plaza, frente a la Catedral, escoltado por los elementos del Colegio Militar y rodeado por la gente del pueblo. Se dirigió a la puerta central de Palacio Nacional, cuya guardia estaba formada por cadetes y reforzada por dos ametralladoras Colt, emplazados a la altura de los garitones y apuntadas hacia el poniente. En tanto la Ciudadela había caído en manos de los sublevados por falta de personal para defenderla, pues los Oficiales que se negaron a sumarse a la rebelión fueron apresados.

Ya en Palacio Nacional, el General Villar informó al Presidente Madero la situación y al ver que se encontraba herido del hombro, el Presidente ordenó que fuera relevado por el General Victoriano Huerta, pese a que no guardaba buenas relaciones con él.

Para los militares que iniciaron el cuartelazo, el General Huerta era considerado representante de las altas jerarquías militares, un hombre tenaz y disciplinado, estratega eficaz, valeroso y osado triunfador en la pacificación de los mayas y vencedor de Pascual Orozco, así como héroe de la Revolución Maderista.

En la tarde de ese día 9, la guardia de Cadetes fue relevada por tropa. Los “aguiluchos” fueron concentrados en el patio interior de Palacio Nacional y posteriormente establecieron vivac de alarma en la calle de La Acequia, hoy Corregidora, cubriendo las bocacalles de Pino Suárez y Correo Mayor con pelotones reforzados con fusiles-ametralladoras Rexer. Al anochecer los Cadetes fueron reconcentrados al Cuartel de Zapadores en donde permanecieron en acantonamiento de alarma.

El 10 de febrero por la noche, el Presidente ordenó que los alumnos regresaran al Colegio Militar, los cuales efectuaron su marcha con todas las normas y precauciones de campaña;

continuaron en acantonamiento de alarma, haciendo todos los servicios tácticos de seguridad, puestos avanzados, patrullas, etc., cubriendo toda la extensión del bosque, su propio alojamiento y el Castillo de Chapultepec que era la residencia presidencial.

Durante este honroso servicio se sufrió la baja del Teniente Alumno Gerardo Ríos Covarrubias quien se encontraba franco y al intentar incorporarse a la columna falleció cuando un proyectil le atravesó el corazón en la calle de Tacuba.

Además, ya en el Colegio todo el personal de Jefes y Oficiales solicitaron ser colocados en los puestos de combate de mayor peligro para defender a las instituciones, a lo cual la Secretaría de Guerra y Marina respondió que “siendo ese plantel un centro de instrucción educativo que no debe colectivamente tomar participio en las luchas intestinas, debe conservarse neutral, mantener sus energías y estar preparado por si el curso de los acontecimientos nos orillan a un conflicto internacional y en el que como mexicanos y soldados de cuna, tendrán que mantener la integridad y el decoro de la Patria”.

El desenlace

Tras 10 días de continuos combates, el 18 de febrero en medio del cañoneo contra Palacio Nacional, el General Victoriano Huerta apresó a Madero y al Vicepresidente José María Pino Suárez forzándolos a presentar la renuncia a sus cargos, la que más tarde fue aceptada por los diputados del Congreso de la Unión.

Con el fin de darle una fachada de legalidad, se designó como Presidente Interino al Secretario de Relaciones Exteriores, licenciado Pedro Lascuraín, quien a su vez nombró al General Huerta Secretario de Gobernación.

Después de 45 minutos, Lascuraín presentó su renuncia y el General Huerta asumió la Presidencia de la República.

El nuevo Presidente ordenó que se enviaran telegramas a todos los gobernantes estatales con el fin de que estuvieran enterados del cambio de administración. Una a una fueron llegando las respuestas favorables. No obstante, el gobernador del estado de Coahuila, Venustiano Carranza, en una circular del 19 de febrero de 1913, calificó de “anómalo” dicho nombramiento, pues con base en la Carta Magna, el Senado no tenía facultades constitucionales para designar al Primer Mandatario de la Nación iniciando así la Revolución Constitucionalista.

Finalmente, el 22 de febrero de 1913 Madero y Pino Suárez fueron asesinados.

Fuentes Consultadas

Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional,

Fondo Operaciones Militares.

Historia del Heroico Colegio Militar de México.

Sesquicentenario de su fundación 1823-1973,

México, SEDENA, 1973,

Secretaría de Guerra y Marina, Reglamento del Colegio

Militar, México, Talleres del Departamento de Estado

 

Mayor, 1910.

Adrián, Cravioto Leyzaola, Historia Documental del

Heroico Colegio Militar. A través de la Historia de México,

México, COSTA AMIC Editores, 2000.

 

 

 

 

 






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