El Amor de la Tía Julia


Mi tía Julia tenía ya dos hijos y, cuando la menor empezó a ir al colegio, ella se asoció con el abuelo Gonzalo y cumplió su sueño. Abrió un pequeño lugar en donde sólo servían café, vino, queso, jamón y su especialidad: pays. Un concepto extraño al México de los noventa, un lugar abierto y hermoso con sabor a otro continente. La tía Julia se había robado la idea después de su luna de miel en la que, al lado de su marido Pedro, había visitado Tremezzo, un pequeño pueblo en el norte de Italia, casi en la frontera con Suiza y a orillas del Lago Di Como.

En un segundo piso, un pequeño ristorante con una enredadera que cubría la pérgola de madera que usaban como techo, la tía Julia había amado la vida entre queso de cabra de la región, focaccia y Chardonnay hecho por los propios dueños. Había amado la vida mientras un calor que venía desde adentro la hacía reír, le hacía ver a su marido más alto, más barbón, más divertido, en un momento donde el futuro sólo se asomaba y las posibilidades parecían infinitas, el amor inacabable y la vida un regalo. Había amado tanto la vida porque la terraza tenía vista al lago y aunque casi nunca fumaba, le encantaba lo mareada que se sentía en las rodillas y en las sienes con cada inhalada de aquella pecaminosa nicotina. Le encantaba el frío de la copa en su mano y las ganas de bailar que de repente la aprisionaron. Amaba a los gatos que brincaban por los tejados y escupir un italiano demasiado básico desde sus labios, demasiado pintados de rojo. Estaba en Italia, tenía veinticuatro años, el mundo era suyo y su nuevo marido todo potencial. Le encantaba la persona que era entre tragos y la promesa de la tarde. Y es que la tía Julia siempre jugó muy apegada a las reglas, siempre permanecía del lado correcto de la calle y nunca se permitía despertar hasta tarde o comer de más, nunca se reía demasiado fuerte ni lloraba en público. La tía Julia amó tanto la vida en Tremezzo que al volver a la villa donde estaba su hotel digno de zares, donde la elegancia le olía mas a su vida que a la mujer que fumaba con los labios demasiado rojos y la cabeza demasiado mareada, junto a un marido que roncaba digiriendo el vino y el queso; sentía que sangraba porque tampoco supo llorar y sola, mientras las copas de vino se evaporaban de su sangre se juró que volvería al lugar dónde amó la vida. Aún no se marchaba del todo, y un trozo de su alma nunca lo haría. Su piel presentía que amor como aquel no volvería, y la piel, como el agua de sal, nunca mienten. Ese amor por la vida jamás volvió.

Dos embarazos después y dos promociones de puesto en el despacho donde Pedro trabajaba, la vida y la coherencia con la que ella se gobernaba, no le daban para volver a Tremezzo. Pero es que a la tía Julia nadie nunca se le ha dado el crédito que merece. Ella nunca sería una lumbrera de mente como Marcelo, ni un mago con los números como Daniel, ni una artista atormentada como Mica. Julia tenía una inteligencia como la de los estrategas de guerra. Ella elegía sus batallas, leía sus cartas, sus pistas, y toda variante a su alrededor. Cuando las posibilidades estaban a su favor, elegía el momento perfecto para hacer sus jugadas, que siempre, y digo SIEMPRE, le salían a la perfección y nos agarraba a todos desprevenidos. Sin la vista al Lago di Como pero con vista al parque Lincoln, con la misma pérgola llena de enredaderas y pequeñas fuentes que sonaban a vida, Julia abrió “Tremezzo”. Donde todos los polanquiños asistían por el café que era Lavazza y que se preparaba sin escatimar ni en tiempo ni en espuma, los vinos que eran todos Italianos, los jabugos rebanados al momento, y los quesos, que cada cliente podía escoger al entrar a un refrigerador gigantesco que olía a… pues a buen queso. Pero lo que ofrecían, que escurría de pedidos con meses de anticipación y saturaba las reservaciones, eran los pays. Los pays de mi tía Julia. De higo con coco, de uva y canela, de calabaza y brie, de champiñones con tocino, de vainilla con lavanda en honor a la abuela, de caramelo con cacao en honor al abuelo, de zanahoria con crema en honor a Marcelo y de maracuyá con chicozapote para Mica. Sus pays hacían que los clientes pagaran los inflados precios, esperando 45 minutos de pie en el bar con copa de vino en mano y dándole un espacio de 2 páginas enteras en la revista Gourmet. Para Daniel y Carolina, mis padres, el pay favorito era de nuez y mango. Con lo que yo odiaba el pay de nuez y mango, y todos los martes, en la comida familiar en casa de la abuela, la tía Julia traía el mismo pay, hermoso, recién hecho y calientito, siempre para mi. Porque era el favorito de mis padres y para ella, prepararlo y comerlo, regalármelo, era como hacerlo para ellos, como engañarse un momentito y pretender, entre el horno y el cortado, que nadie faltaba en los martes familiares de la casa de los abuelos.  


Autor: Tamara Argamasilla

Escritora de tiempo completo y freelance Script Supervisor en set. Tiene un background en cine y televisión y una maestría en guión de Goldsmiths University ...