Antes de decir “acepto” , hay que decir “me acepto”


Discúlpate si lastimaste a alguien, pero nunca por ser tú misma.

 

Todo comenzó cuando tenía unos 20 años y conocí a un tipito venezolano que me volvía loca. Era un muchachito normal pero yo lo idealicé, y el problema de poner a alguien en un pedestal es que termina mirándonos desde arriba. La desesperación y las ganas desmedidas por gustar pueden olerse y eso no es nada sexy. En ese entonces, no existían WhatsApp ni la cantidad de redes sociales que hoy nos hacen la vida más fácil (y a veces también más complicada), y tocaba recopilar información del susodicho a través de su círculo cercano.

Durante esa investigación me enteré de que le gustaban Los Amigos Invisibles, las chicas de buen cuerpo (frondosas) y los videojuegos. Bien enfocada en el objetivo, procedí a comprar el CD de dicho grupo musical, a interrogar a mi hermano sobre Xbox y luego me miré en el espejo por 5 minutos. Y bueno… es que la verdad yo no estoy “buenona”… De una forma más tierna, podría decir que he llegado tarde a la repartición de curvas. Para ser exacta, uno de mis mayores miedos era casarme y parecer quinceañera, o peor aún, niña haciendo la primera comunión. Sin embargo, aun con todo eso, no me di por vencida. Empecé a comer bastante y a entrarle al gimnasio con una estricta rutina.

Después de unas semanitas de obsesión intensa, mientras caminaba cual divina garza por la universidad, me encontré con el susodicho que me saludó con un delicado: “¿Bajaste de peso? Te ves más flaca, ya no llenas los pantalones”.  Whaaaaaaaat? Uno pensaría que en ese momento entendí que no estaba into me, pero no. Creo que eso sucedió más adelante y por otras cuestiones aka anduvo con una gringa con tremendas bubis e inmensas caderas.  Lo que sí aprendí ese día, es que uno no puede andar por la vida ajustándose a lo que los demás buscan. Es desgastante y, en cierta parte, una falta de respeto y un desperdicio de la persona que somos.

Cuando no nos aceptamos o lo hacemos a medias, terminamos atrayendo a personas que nos hacen cuestionar nuestro propio valor. Y durante varios años, ese era el tipo de galán que llegaba a mí. A uno, por ejemplo le molestaba demasiado el hecho de que no voy ni a la tienda de la esquina sin ponerme lipstick o darme una manita de gato aka cabello planchado y tacones. Le repateaba que para decir algo muy sencillo, terminaba haciendo casi un poema. Y la verdad es que sí, soy rollera y me encanta escribir cositas cursis. Y es algo que yo no he elegido, como tampoco elegí medir menos de 1.60 m y tener este pelo rebelde. Simplemente me tocó ser así, pero cuando la persona que amas te mira con cara de penita ajena y te pide que le bajes de intensa, lo más probable es que le hagas caso. Y no sólo eso, es muy probable que empieces a dejar de hacer otras cosas que te hacen ser tú pero no le gustan. Y así fue que empecé a cambiar, a dejar de hablar tan alto, tan apasionadamente. Dejé también de usar ese labial rojo que tanto me gustaba y dejé de escribir… Estar con él era regresar a mi casa sintiéndome defectuosa. Era gozar por estar a su lado y al mismo tiempo morir de ganas de salir corriendo y no volver. Y lo malo de todo esto es que después de escuchar tanta crítica, uno termina por creerlo.

Después de unos meses, me di cuenta de que la cuestión era que él no había superado a su exnovia y su mecanismo de defensa para no clavarse conmigo era encontrarme tantos defectos como fueran posibles. Así que empaqué mi lastimada autoestima y los pedacitos de seguridad que andaban regados por el piso, y me decidí a trabajar en mí.

Y es que, siendo sinceras, siempre habrá alguien para el que seremos demasiado. Demasiado intensas o demasiado frías, demasiado ruidosas o demasiado calladas, demasiado demandantes o demasiado independientes, demasiado producidas o demasiado fachosas… Pero si tratamos de cambiar por darles gusto a otros, privamos al mundo de lo que somos y las cualidades únicas que tenemos para aportar. Así que, chicas, disculpémonos si es que lastimamos a alguien, pero nunca por ser nosotras mismas.

Me ha costado entenderlo, pero es verdad es que antes de comprometerte con alguien, antes de decir “acepto”, hay que saber decir “ME ACEPTO”. Primero hay que decir “me quiero” antes de proclamarlo a alguien más. Decirlo convencidas, decirlo de verdad. Nosotras somos quienes marcamos la pauta de cómo nos tratan los demás y las que establecemos los límites. Y es que, si lo piensas, no te pueden hacer sentir mal por algo de lo que estás orgullosa, así de fácil. Hoy por hoy, me permito ser y me reconozco como lo que soy: impulsiva, apasionada e imperfecta. Una mujer que le echa mucha crema a sus tacos y le pone pasión desbordante a todo lo que hace. Tal vez esté bien o tal vez esté mal, pero esta soy yo.

Al final de cuentas, sin importar hombre o mujer, todas queremos estar con alguien con quien podamos ser más nosotras. La vida es muy cortita como para andar aparentando. Hay que elegir bien a las personas con las que compartimos nuestro cuerpo y nuestras emociones. Hay que aprender a buscar compañeros de vida que nos cuiden, nos acepten y nos ayuden a ser mejores, pero desde el amor.

 

Escrito por: Pamela Salas.

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